La acción social y el cambio climático

No es nada nuevo que cada vez que escuchemos o veamos las noticias -sea por el canal que sea- nos inunden por todos lados penas, desgracias y desastres. Y esta sensación cada uno lo lleva como puede. Muchas de estas noticias tienen que ver con que el planeta Tierra se está convirtiendo en un medio cada vez más hostil y que nos lo estamos cargando… Al mismo tiempo, nos queda muy lejos este “cambio climático irreversible”, como si estuviera fuera de nuestro alcance y nos preguntamos cómo nos pillará “cuando caiga cerca”. Estamos desconectados.

Aquellas personas que nos dedicamos, participamos o formamos parte de la acción social debemos mirar de frente la cara más cercana, directa y palpable de ese reto climático que nos llega a menudo de forma abstracta.

En Germina, hace años iniciamos una línea -al principio más inspiradora y con buena voluntad que práctica- que llamamos Germina verde. Tenía dos ejes: sensibilización y uso sostenible de los recursos. Por un lado, hacíamos campañas con niños, niñas y jóvenes, comunitariamente plantábamos flores y recuperábamos entornos, teníamos carteles de reciclaje y «apaga la luz» por todas partes. Y al mismo tiempo, fijamos unos criterios claros para pasar a iluminación de bajo consumo, medir e informar del consumo energético y de papel, impusimos criterios ambientales a proveedores o incluso obtuvimos un sello ambiental en el edificio donde tenemos la sede de Badalona. ¡Y está muy bien!

Pero últimamente nos dimos cuenta de que se nos quedaba muy corto lo de ir mejorando los carteles de reciclaje, las campañas, los criterios…, y no respondía suficientemente a lo que tenemos por delante.

La novedad fue girar la mirada «verde» hacia nuestra actividad: la atención a niños, jóvenes y familias vulnerables. Y ahí fue cuando surgieron los grandes interrogantes.

¿Cómo descansan 3 personas que viven en una habitación de un piso compartido los veranos a más de 30ºC, y además por seguridad o evitar los gritos y ruidos de la calle deben cerrar la ventana? ¿Y cuándo el único refugio climático en verano para niños o adolescentes es la biblioteca? ¿Y el frío extremo en días de invierno cuando enchufan la estufa sólo a ratos, para poder pagar el recibo?

El precio de la energía es un tema… pero ¿y la escasez de agua y sus efectos? En los talleres infantiles sobre de la pirámide de los alimentos decimos fruta y verdura todos los días, y pescado o carne tres días por semana. Por supuesto… ¿pero hemos visto a qué precios están la fruta y la verdura? ¿Y el aceite de oliva que es tan sano y de proximidad? Ya no digamos el pescado. ¿Lo comparamos con los precios de los fideos instantáneos o la bollería industrial y vemos quién gana?

Atendemos a personas ofreciendo herramientas, competencias, oportunidades para que se apoderen y salgan adelante, y nos encontramos con que afloran dificultades no cubiertas como la alimentación básica o unas condiciones mínimas en casa. ¿Y qué respuesta podemos dar desde la atención social? ¿Y algún enfoque comunitario?

Pues por ahora, no tenemos mucha idea. Sí vemos que todo es muy complejo y que el trasfondo siempre es el mismo: agua, energía, momentos de clima extremo… Quizás hay lugares en el mundo -bastante más cercanos de lo que pensamos- donde se hará muy difícil seguir viviendo y la gente se irá… o también más cerca, algunos entornos urbanos se volverán más hostiles… no lo sabemos.

En Germina este “Germina verde” tan “hippyflower” que teníamos lo hemos reconvertido a un nuevo grupo de trabajo que hemo llamado “Nuevas necesidades y cambio climático”. Hoy por hoy tenemos muchos más interrogantes que propuestas.

Confiamos en que, si prestamos atención, miramos a las personas que atendemos a los ojos, y al mismo tiempo al contexto de cambio climático y sus efectos, vamos a ser más útiles responder a este reto que tenemos como especie.

Traducción del artículo original de Mario Cuixart, director de la Fundación Germina, publicador el 14 de noviembre de 2023 en social.cat.

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